Aquí estoy, disfrutando de las fotos y los videos que grabé durante mi viaje a Europa. Creo que este año lo disfruté tanto como la primera vez.
Lo mejor de todo es que Dios estuvo en el centro de esta experiencia. No me cansaré de darle las gracias por amarme, cuidarme y guiarme cada día.
También pude reconciliarme con mi tío, con quien llevaba bastante tiempo sin hablar. Me siento muy afortunada de tener a Cristo en mi vida, porque fue Él quien transformó esta situación. Gracias, Papá Dios, por quitar el orgullo de mi corazón y permitirme hablar con humildad, sinceridad y un corazón abierto.
Todo comenzó el 12 de julio de 2026, cuando mi tío tuvo una fuerte discusión con la cajera de una heladería. La situación se salió de control y ella llamó a dos hombres para que salieran a intimidarlo. Mi tía, mi mamá y yo tuvimos que intervenir y sacarlo de aquel lugar.
Ese momento me asustó mucho. Verlo enfrentarse a otras personas me hizo pensar en lo frágil que puede ser la vida y en lo importante que es aprovechar cada oportunidad para expresar lo que sentimos.
Más tarde, frente al Coliseo de Roma, decidí abrirle mi corazón.
Le dije que, si Dios me había dado una segunda oportunidad de vivir, era para ir a Suiza y reconciliarme con él. Le confesé que siempre lo he visto como un padre y que yo siempre me he sentido como una hija para él. También le dije cuánto lo amaba y que no quería pasar un día más sin decírselo.
Al principio, me rechazó y me dijo:
«¡Yo no soy tu papá!»
Sus palabras me dolieron, pero no dejé de amarlo ni de orar por él. Después me miró nuevamente y bajó la guardia.
Fue una conversación intensa. Mi tío suele discutir con facilidad, pero aun así decidí hablarle. Mi tía se sorprendió y mi mamá, que es una creyente nueva, me decía que no le dijera nada, que no valía la pena.
Después me aparté para clamar al Señor. Le pedía a Dios que tuviera misericordia de su alma. Fue un momento muy duro, porque mi corazón se quebrantó por completo y no dejaba de hablar con Papá Dios mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
Mi mamá me decía:
"No llores, que no te vea llorar; va a pensar que eres débil."
Pero a mí no me importó mostrar mis lágrimas mientras oraba con la mirada fija en el cielo.
Minutos después, mi tío se acercó, se paró a mi lado, me abrazó y me pidió perdón.
Yo le dije que me había asustado mucho al verlo discutir con aquellas personas y que tuviera cuidado, porque el mundo no está fácil.
Nos abrazamos nuevamente y le di gracias a Dios porque la armonía volvió a nuestro viaje.
Desde ese día, mi tío fue otro. Sonreía más e incluso cantaba. Ya no discutía con los demás, ni con mi tía, ni siquiera con mi mamá. Yo seguí orando y poniendo a Dios en primer lugar cada día.
No sé si esto sea un testimonio, pero sí sé una cosa: Jesús caminó conmigo por las calles de Roma y del Vaticano. Siempre será mi compañero de viaje.
También nos cuidó de los carteristas que había en el metro y en las filas. Sentí Su presencia en todo momento.
El último día de mi viaje, me tomó de la mano frente a mi tía y a mi mamá y me dijo:
«Tú siempre has sido mi hija, y yo he sido más que un papá; he sido tu mejor amigo. Nos distanciamos, pero eso quedó en el pasado.»
Se le llenaron los ojos de lágrimas y nos dimos un fuerte abrazo.
Todavía sigo orando por mis tíos, que aún no han aceptado a Cristo como su Salvador, pero tengo fe en el Señor de que ellos también serán salvos para Su gloria.
En cuanto a mi mamá, seguiré orando para que Dios limpie su corazón, lo llene de Su amor y le conceda la gracia de perdonar las heridas del pasado.
Toda la gloria sea para Dios.
Andry Vilorio
08/02/2026